
Triunfo de la izquierda en Perú
Jesús Francisco SánchezLa historia tiene una extraña costumbre: tarde o temprano termina colocando a cada actor en el lugar que le corresponde. Y en Perú, una vez más, los acontecimientos han vuelto a demostrar que los pueblos pueden resistir incluso cuando enfrentan a los poderes económicos, mediáticos y políticos más poderosos.
La reciente victoria de Roberto Sánchez representa mucho más que un simple triunfo electoral. Es también una reivindicación simbólica de millones de peruanos que durante años han visto cómo las élites tradicionales intentan imponer una sola visión de país, una donde las decisiones importantes parecen tomarse en los despachos de Lima, en los grandes grupos empresariales o en los estudios de televisión, pero rara vez en las comunidades rurales, andinas o amazónicas.
El resultado electoral también revive inevitablemente la figura de Pedro Castillo, el maestro rural que llegó a la presidencia impulsado por sectores históricamente marginados y que terminó siendo destituido y encarcelado en medio de una de las crisis políticas más profundas de la historia reciente del país. Para amplios sectores populares, Castillo no fue solamente un presidente; se convirtió en el símbolo de una confrontación entre el Perú profundo y las élites que nunca aceptaron plenamente su llegada al poder.
Mientras tanto, la derecha peruana vuelve a enfrentar una realidad incómoda. A pesar de contar con recursos económicos, influencia mediática y una maquinaria política consolidada, no logró convencer a una mayoría de ciudadanos que sigue desconfiando de un modelo que durante décadas prometió estabilidad, pero dejó profundas desigualdades sociales.
El fujimorismo, una vez más, intentó presentar la mano dura como solución a todos los problemas nacionales. Vendió la obediencia como sinónimo de orden y el miedo como herramienta electoral. Sin embargo, chocó contra una fuerza que suele ser ignorada por los analistas de escritorio: la voluntad popular.
Porque el voto que decidió esta elección no nació en las élites financieras ni en los grandes corporativos. Surgió de las comunidades rurales, de los pueblos andinos, de las regiones amazónicas y de millones de ciudadanos que mantienen viva una memoria crítica frente a los excesos autoritarios del pasado.
No se trata de una victoria cómoda. Tampoco de un triunfo perfecto. Es una victoria marcada por tensiones, contradicciones y desafíos enormes. Pero precisamente por eso tiene un significado especial: refleja al Perú real, ese que pocas veces aparece en los titulares internacionales.
La elección de Roberto Sánchez deja una enseñanza que trasciende las fronteras peruanas. Cuando todo parece diseñado para empujar a la resignación, cuando los poderes establecidos se presentan como invencibles y cuando la narrativa dominante insiste en que no existen alternativas, los pueblos todavía pueden levantar la voz y decir una palabra que incomoda a muchos: basta.
Perú ha demostrado, una vez más, que la democracia no pertenece a las élites. Pertenece a quienes acuden a las urnas convencidos de que su voto aún puede cambiar la historia. Y esta vez, la historia volvió a hablar.




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