
Los únicos jubilosos son los vendepatrias
Jesús Francisco Sánchez
La frase no es exagerada. Es brutal porque es precisa. El periodista Álvaro Delgado Gómez sintetizó en una sola línea el propósito de la intervención armada de Estados Unidos en Venezuela:
“El secuestro de Nicolás Maduro por parte del Ejército de Estados Unidos con el fin de apoderarse de su petróleo es el inicio de una escalada intervencionista en América Latina y México. Los únicos jubilosos son los vendepatrias”.
No se trata solo de Venezuela. Se trata del retorno descarado del intervencionismo como método, del uso de la fuerza como atajo político y del petróleo —otra vez— como botín de guerra. La historia se repite, pero ahora sin máscaras.
Del “orden internacional” al secuestro de jefes de Estado
Lo ocurrido en Venezuela no puede analizarse como un hecho aislado ni como una “operación puntual”. Es una violación flagrante del derecho internacional, un acto que dinamita los principios básicos de la soberanía de los Estados y que convierte a la fuerza militar en instrumento de saqueo.
Cuando una potencia se arroga el derecho de capturar a un jefe de Estado extranjero, no estamos ante una diferencia diplomática: estamos ante una doctrina de dominación. La misma que América Latina ha padecido durante décadas bajo distintos nombres: anticomunismo, guerra contra las drogas, lucha por la democracia, seguridad hemisférica. El pretexto cambia; el objetivo no.
El petróleo siempre estuvo ahí
Venezuela no es un accidente geográfico ni un “Estado fallido” por casualidad. Es un país con las mayores reservas de petróleo del planeta. Y cada vez que Washington ha hablado de “libertad” en tierras ajenas, el subsuelo ha tenido algo que decir.
La frase de Delgado desnuda lo que muchos discursos ocultan: no es ideología, es negocio. No es democracia, es control de recursos. No es justicia internacional, es rapiña con uniforme.
América Latina en la mira
La advertencia es clara y va más allá de Caracas. Si se normaliza el secuestro de un presidente, si se acepta la intervención armada como solución política, ningún país está a salvo. Ni siquiera México.
La historia latinoamericana está escrita con ejemplos: Guatemala, Chile, Panamá, Nicaragua, Granada. Intervenciones celebradas en su momento por élites locales que luego se lavaron las manos mientras los pueblos pagaban el precio en sangre, pobreza y dependencia.
Los vendepatrias y la alegría indecente
Delgado señala a los únicos que hoy celebran: los vendepatrias. Esos que, desde la comodidad de sus estudios de televisión o sus cuentas en redes sociales, aplauden la agresión extranjera con tal de ver caer a un gobierno que no se alinea con Washington.
Son los mismos que justificarían una intervención en México si eso significara recuperar privilegios perdidos. Los que confunden soberanía con estorbo y patria con negocio. Los que siempre están del lado del poderoso, nunca del pueblo.
México frente al espejo
Por eso la postura del Estado mexicano no es menor. Defender el principio de no intervención, la solución pacífica de los conflictos y el respeto al derecho internacional no es romanticismo diplomático: es defensa propia.
Cuando México alza la voz contra la agresión, no defiende a un gobierno extranjero: defiende su propio derecho a existir sin amenazas militares. Defiende la idea —cada vez más incómoda para algunos— de que América Latina no es patio trasero de nadie.
La frase que no debe olvidarse
La frase de Álvaro Delgado no es solo una denuncia. Es una alerta temprana. Nos recuerda que el intervencionismo nunca llega anunciándose como tal y que siempre encuentra cómplices internos dispuestos a aplaudirlo.
Hoy fue Venezuela. Mañana, cualquier país que ose decidir su destino sin pedir permiso.
Y frente a eso, el silencio no es neutralidad: es complicidad.



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