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El poder atonta a los inteligentes y a los tontos los vuelve locos. AMLO
Nacional01/02/2026 Patricia Barba Ávila
En la actividad política, la megalomanía, generalmente derivada de la mediocridad, y el culto a la personalidad definen las decisiones que impactarán a sociedades enteras
Sin duda, una de las características más preponderantes de la actividad politizadora del presidente López Obrador fue su insistencia en la auto-vigilancia que cada servidor público debería ejercer para evitar caer presa de debilidades de carácter y tentaciones que ciertamente existen en potencia en la gran mayoría de los seres humanos. Y los numerosos ejemplos a nivel nacional e internacional demuestran la profunda relevancia de este ejercicio de autocontrol.
En el ámbito nacional, podemos citar varios ejemplos de individuos que han exhibido un alto grado de megalomanía que, como menciono arriba, generalmente se deriva de una mediocridad intrínseca de quien la padece pues nos queda claro que una persona consciente de su propia valía, fincada en hechos y actitudes concretos, no tendría necesidad de vanagloriarse ante sí mismo y los demás. Esto ocurre con gente que en su fuero interno se reconoce como incapaz de conseguir logros que beneficien a la sociedad donde viven y por ello, se contentan con la acumulación de riqueza fácil, lisonjas baratas y aplauso superficial. Nuestra historia está plagada de este tipo de personajes cuya mediocridad y carencia de auténticos valores han generado, tristemente, decisiones que han causado desgracia y sufrimiento en millones de seres humanos; los ejemplos sobran: Salinas de Gortari, Zedillo, Fox, Calderón, Peña Nieto, todos promovidos por un imperio que los busca y apapacha precisamente porque sus debilidades los coloca de rodillas para ser los testaferros del saqueo y verdugos de sus pueblos. En contraste y de manera lamentable, los auténticamente grandes moral y políticamente son marginados del quehacer público, aunque ha habido excepciones como el General Lázaro Cárdenas y muchas décadas después, Andrés Manuel López Obrador.
El caso de AMLO es realmente emblemático pues su solidez moral y humana ha sido un fuerte escudo contra la lisonja fácil y el soborno. Y por ello nunca se atrevieron revistas como Forbes, The Economist, entre otras, a publicitarlo como “uno de los hombres más poderosos” ni a aplaudir sus decisiones públicas en medios nacionales como Radio Fórmula, Televisa, etc. Por ello, con toda la autoridad prevenía a la clase política, en un gran número de mañaneras, para que realizaran esfuerzos para evitar caer presas de la megalomanía, la ambición de dinero fácil y la arrogancia. Debo decir, con pena, que muy pocos lo escucharon dentro del propio movimiento de “transformación”. Porque, desafortunadamente, cuando el ego es frágil y no se da mayor importancia a la autodisciplina para mantener a raya estos nocivos rasgos de carácter, toda una trayectoria de logros políticos se disuelve ante debilidades como el autoelogio y el culto a la personalidad. Y uno de los ejemplos más sobresalientes es el hoy senador Gerardo Fernández Noroña, cuyos logros como luchador social y sus virtudes intelectuales y agilidad discursiva nadie niega, pero que se ven empañados por su evidente inclinación a la autocomplacencia y su clara renuencia a admitir cuando se equivoca. Este caso es sui generis en el sentido de que dada su elevada capacidad intelectual, no sería necesario el constante autoelogio pues, en teoría, la satisfacción derivada de aquella tendría que ser suficiente para generar un sentimiento de satisfacción y completud. Curiosamente no es así. En algún momento se le llegó a considerar una alternativa para la presidencia de México; sin embargo, su creciente tendencia a resaltar sus logros y a justificar sus falencias, lo descalifican para representar al país en una sociedad cada vez más crítica y exigente que comprende que la “transformación” no sólo consiste en una redistribución más justa del ingreso y el impulso de políticas nacionalistas de fortalecimiento a la soberanía del país, sino de un cambio profundo en la mentalidad de los que son promovidos para puestos en la administración pública. Por supuesto que hay muchos otros cuyo comportamiento deja mucho que desear y nada tiene que ver con la filosofía basada en la modestia genuina y un profundo sentido de servicio al pueblo con los que Andrés Manuel López Obrador impulsó la creación de MORENA y sirvieron de base para su gestión tanto en la Jefatura de gobierno del D.F. como en la presidencia.
Y es en este punto donde la capacidad de crítica sólida y fundamentada, lejos de ser deslealtad es una valiosa herramienta para alinear a aquellos “servidores públicos” que exhiban tales debilidades que indudablemente conducen a actos de corrupción, es decir, el no reconocer el error y, por el contrario, justificarlo es la receta ideal para corromperse. Aquí es donde la tarea del ciudadano consciente e impulsor de una auténtica transformación de la actividad política, se torna indispensable.
En el plano internacional, los casos de mediocridad y su consecuencia, la megalomanía y la arrogancia, abundan. El más obvio por lo grotesco de su comportamiento, es el de Donald Trump, un sujeto incapaz de leer, ya no digamos un libro, sino un periódico y cuya fortuna ha sido amasada con base en engaños y fraudes escandalosos típicos de “empresarios” (SIC!) cuya carencia de talento les impide progresar a base de ingenio, esfuerzo real y, principalmente, ética y respeto por los demás. Y por ello, la mediocridad, madre de la arrogancia, se torna peligrosa porque va aderezada con características propias de estas falencias: discriminación, clasismo, misoginia y autoritarismo extremo. Huelga decir que estas visibles debilidades de carácter han derivado en decisiones altamente agresivas y de violencia extrema que encajan perfectamente bien con los intereses de dominio global de los que impulsan y financian a este tipo de personajes: los de la élite corporativa que desde hace décadas se apoderaron del gobierno en el vecino país y sus testaferros en Europa, principalmente, es decir, lo que conocemos como “el imperio”, ya en franca decadencia, por cierto.
A propósito de los halagos de Trump a Claudia, solo puedo decir que ‘alabanza en boca enemiga es vituperio’
La arrogancia en un punto llega a ser mediocridad. Alain de Botton.
La arrogancia trata de convencer a los demás de que eres más de lo que ellos ya saben que eres. Bianca Frazier

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