
PT y PVEM doblan las manos
Espacio Libre MéxicoDespués de clavarle el puñal a la reforma constitucional electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum, el PT y el PVEM salieron ahora a decir que sí respaldarán el llamado Plan B. Sí, los mismos partidos que, con su voto en contra, ayudaron a tumbar una reforma que buscaba recortar privilegios, adelgazar estructuras podridas del sistema político y responder a una exigencia popular largamente acumulada, hoy pretenden aparecer otra vez como aliados fieles del movimiento. El problema para ellos es que la memoria política no es tan corta como quisieran.
El anuncio fue hecho a través de un comunicado conjunto con Morena, en el que las tres fuerzas aseguran que mantendrán su respaldo al nuevo paquete de cambios electorales. Pero detrás de ese mensaje de supuesta unidad no hay convicción: hay miedo. Miedo al repudio de millones de simpatizantes de la Cuarta Transformación que vieron con absoluta claridad quiénes fueron los que reventaron la reforma original y quiénes decidieron ponerse del lado de los privilegios, de las cuotas de poder y de la vieja política que dicen combatir cuando les conviene.
Porque hay que decirlo sin rodeos: el PT y el PVEM no se están sumando al Plan B por lealtad, por principios ni por compromiso democrático. Se están sumando porque entendieron el tamaño de la indignación que provocaron. Se están sumando porque fueron señalados como traidores. Se están sumando porque descubrieron que su cálculo cupular les puede salir carísimo frente a una base social que sí quería ver pasar una reforma para recortar excesos en congresos, ayuntamientos y órganos electorales.
Y lo más humillante para ellos es que, en realidad, sus votos ni siquiera son indispensables para sacar adelante esta nueva etapa de la reforma. A diferencia del proyecto constitucional que requería mayoría calificada, el Plan B plantea cambios a leyes secundarias, es decir, puede aprobarse con mayoría simple. Y esa mayoría la tiene Morena. Traducido al lenguaje político más crudo: PT y PVEM no son necesarios para que el Plan B avance. Su respaldo ya no vale como poder de negociación; apenas sirve como intento desesperado de lavarse la cara después del desastre que ellos mismos provocaron.
Por eso su repentino entusiasmo no convence. Su “apoyo” llega tarde, forzado y apestado por el oportunismo. No es un acto de congruencia; es una maniobra de supervivencia. Quieren volver a subirse al tren de la transformación después de haber intentado descarrilar una de sus reformas emblemáticas. Quieren tomarse la foto de la unidad después de haber operado el golpe. Quieren vender disciplina después de haber exhibido cálculo, cinismo y deslealtad.
La molestia que detonaron dentro del movimiento no es menor. En amplios sectores de la 4T ya quedó instalada una idea demoledora: el PT y el PVEM traicionaron cuando más se necesitaba definición. Y eso, en política, no se borra con un boletín ni con sonrisas de madrugada en Gobernación. El costo puede ser brutal. La indignación que dejaron sembrada podría convertirse en castigo electoral en 2027, y no son pocos los que ya advierten que ambos partidos podrían entrar a esa elección con un desgaste tan severo que incluso comprometa su permanencia como fuerzas con registro competitivo.
Sería, por cierto, un desenlace perfectamente lógico. Porque si algo ha dejado claro el electorado que respalda a la Cuarta Transformación es que puede tolerar errores, pero no suele perdonar la simulación de quienes se dicen aliados mientras sabotean desde dentro. Y eso fue exactamente lo que hicieron las cúpulas del PT y del Verde: ordenaron una conducta política que terminó frenando una reforma respaldada por amplios sectores populares, y ahora pretenden actuar como si nada hubiera pasado.
En el comunicado conjunto, Morena, PT y PVEM aseguran que el Plan B busca fortalecer la participación ciudadana, hacer más austero el sistema electoral y responder al mandato democrático expresado en las urnas. Todo eso suena bien. El problema es que para el PT y el PVEM esas palabras llegan contaminadas por su comportamiento anterior. Cuando tuvieron la oportunidad de respaldar en serio una transformación profunda, se rajaron. Cuando se les pidió definirse, eligieron proteger sus intereses. Cuando tocaba estar del lado del cambio, se acomodaron donde mejor les convenía.
El proyecto que ahora dicen acompañar incluye medidas concretas: topes al gasto de congresos estatales, reducción del número de regidores según el tamaño de la población, límites salariales para funcionarios electorales, consultas populares sobre temas del sistema político y la posibilidad de abrir la revocación de mandato desde el tercer año. Son medidas que podrían liberar al menos 4 mil millones de pesos para atender necesidades reales de la gente en estados y municipios. Es decir, justo el tipo de cambios que debieron haber defendido desde el primer momento si de verdad estuvieran comprometidos con la austeridad y la transformación.
Pero no lo hicieron. Y ese es el punto central. No basta con decir ahora “vamos juntos” cuando hace apenas unas horas fueron parte del problema. No basta con firmar un documento para borrar una conducta que quedó a la vista de todos. No basta con presentarse en la mesa de negociación para fingir unidad cuando el país ya vio quién se movió para frenar la reforma original.
Las negociaciones en la Secretaría de Gobernación, que se extendieron desde la mañana del viernes hasta la madrugada del sábado, no deben confundirse con una reconciliación auténtica. Lo que hubo ahí fue una operación de contención de daños. Morena necesitaba cerrar filas para que el Plan B naciera sin la sombra de una fractura total. PT y PVEM, por su parte, necesitaban desesperadamente una salida política para no quedarse solos frente al repudio de la base morenista. Por eso el acuerdo avanzó. No por confianza. No por convicción. Por necesidad.
Cuando Ignacio Mier salió del Palacio de Cobián a decir que ya había un acuerdo muy perfilado, y cuando Manuel Velasco habló de una reunión desarrollada “con buen ánimo”, lo que en realidad estaban intentando transmitir era una imagen de normalidad que ya no existe. Porque la herida está abierta. Porque la desconfianza ya quedó sembrada. Porque dentro de la 4T ya muchos entendieron que hay aliados que solo son leales mientras sus cuotas no se toquen.
Claudia Sheinbaum, por su parte, decidió seguir adelante. No se detuvo ante la traición ni dejó caer la agenda. Rediseñó la ruta, replanteó la estrategia y empujó un nuevo paquete de reformas para mantener viva una demanda que sigue teniendo fuerza social: acabar con los excesos, los privilegios y el despilfarro del sistema político. Ahí está la diferencia. Mientras unos especulan, regatean y traicionan, la presidenta insiste.
Por eso el verdadero significado de este episodio no está en el comunicado conjunto, sino en la fotografía política que deja: Morena empujando la transformación; Sheinbaum sosteniendo la agenda; y PT y PVEM tratando de correr detrás del tren después de haber intentado frenarlo. Ya no como socios confiables, sino como partidos bajo sospecha, marcados por una traición que ni la propaganda ni los boletines alcanzan a borrar.
La pregunta de fondo ya no es si van a respaldar el Plan B. La pregunta es otra: ¿quién les va a creer ahora?






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