
Cinismo y desvergüenza en grado superlativo
Jesús Francisco SánchezHay escenas que por sí solas retratan la decadencia moral de una fuerza política. La concentración encabezada por la gobernadora panista de Chihuahua, María Eugenia Campos Galván, acompañada y arropada por los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón, es una de ellas.
El cinismo alcanzó niveles difícilmente superables cuando quienes representan algunos de los episodios más oscuros de la historia reciente del país decidieron presentarse como defensores de la soberanía, la democracia y la legalidad.
Ahí estaba Vicente Fox, el hombre que traicionó la transición democrática que prometió encabezar y que terminó convertido en promotor abierto de intereses ajenos a los del pueblo mexicano. Ahí estaba Felipe Calderón, cuyo sexenio dejó una estela de violencia sin precedentes y cuya credibilidad quedó pulverizada cuando su secretario de Seguridad, Genaro García Luna, fue condenado en Estados Unidos por sus vínculos con el narcotráfico.
Y junto a ellos, María Eugenia Campos, gobernadora señalada por su disposición a justificar o minimizar la presencia e intervención de agencias extranjeras en territorio nacional, una conducta que constituye una abierta violación a la Constitución y al principio de soberanía que dice defender.
Campos Galván tuvo el descaro de afirmar que Morena busca entregar el país a los cárteles y aseguró que la historia recordará a quienes traicionaron a la patria. La declaración no solo resulta absurda; raya en lo grotesco cuando proviene de una dirigente cobijada por un partido cuya estrategia de seguridad convirtió extensas regiones del país en auténticos campos de batalla y se coludió con el narco.
La memoria histórica es terca. Fue precisamente durante los gobiernos panistas cuando se desató la llamada guerra contra el narcotráfico que sumió a México en una espiral de violencia cuyos efectos siguen padeciéndose. Fue durante el gobierno de Calderón cuando el país conoció algunos de los niveles más dramáticos de homicidios, desapariciones y desplazamientos forzados. Y fue también en ese sexenio cuando operó el único secretario de Seguridad Pública de la historia moderna de México que terminó procesado y condenado por colaborar con organizaciones criminales.
Sin embargo, los responsables de aquella tragedia nacional pretenden ahora erigirse en fiscales de la moral pública.
Como si eso no bastara, Calderón insistió en reivindicar la estrategia que convirtió a Chihuahua en uno de los símbolos más dolorosos de la violencia. Aseguró que, pese a errores y limitaciones, la decisión fue correcta. Lo verdaderamente alarmante es que no solo defendió aquel fracaso; sugirió repetirlo.
La propuesta equivale a recomendar la misma medicina que agravó la enfermedad.
Por su parte, Vicente Fox volvió a exhibir la ligereza y estridencia que caracterizaron buena parte de su trayectoria política. Habló de autocracia, de dictadura y de persecución política, ignorando convenientemente que durante décadas el PAN justificó y respaldó decisiones que concentraron poder cuando le resultaban favorables.
La contradicción es monumental. Acusan autoritarismo mientras llaman a bloquear mayorías democráticamente obtenidas. Hablan de respeto institucional mientras orquestaron fraudes electorales para asirse del poder ilegalmente. Invocan la soberanía nacional mientras guardan silencio ante actuaciones de organismos extranjeros en territorio mexicano.
Lo ocurrido en Chihuahua no fue una demostración de fortaleza opositora. Fue una exhibición descarnada de hipocresía política.
Ver a Fox y Calderón respaldando a una gobernadora que se presenta como defensora de la patria mientras enfrenta cuestionamientos por su postura frente a la intervención extranjera constituye una imagen difícil de superar en materia de contradicciones.
La escena resume perfectamente el estado actual del panismo: personajes que cargan con algunos de los episodios más cuestionados de la vida pública nacional pretendiendo dar lecciones de patriotismo, legalidad y soberanía.
Si la historia termina juzgando a los traidores a la patria, a los responsables de la violencia y a quienes actuaron con desdén frente a los intereses nacionales, quizá los primeros en rendir cuentas no sean precisamente aquellos a quienes hoy señalan con el dedo.






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