
¡México no nació con la invasión española!
Jesús Francisco SánchezLa conquista intentó borrar nuestra memoria. Quiso imponer la mentira de que México nació con la llegada de los invasores españoles, como si antes de ellos este territorio hubiera sido tierra vacía, sin pensamiento, sin ciencia, sin cultura y sin civilización. Durante siglos, las élites repitieron ese relato colonial para despreciar nuestras raíces y avergonzar a generaciones enteras de mexicanos de su origen indígena.
Pero la verdad histórica es otra: México no nació con la invasión española. México viene de miles de años de grandeza ancestral.
Desde el centro ceremonial seri de Punta Chueca, Sonora, la presidenta Claudia Sheinbaum lanzó un mensaje que reivindica la memoria profunda de nuestra patria y coloca nuevamente a los pueblos originarios en el centro de la historia nacional.
“México tiene ese gran privilegio de venir de los pueblos originarios”, afirmó la mandataria. Y no es una frase menor. Es una ruptura directa con la visión colonial que durante décadas presentó a Europa como el supuesto inicio de la civilización en nuestro territorio.
Mucho antes de la invasión española, en estas tierras ya existían grandes naciones, culturas y civilizaciones que desarrollaron astronomía, matemáticas, arquitectura, medicina, agricultura y sistemas de organización social avanzados. Aquí florecieron pueblos que levantaron ciudades monumentales mientras en otras partes del mundo apenas comenzaban a consolidarse imperios.
La historia de México no empezó con Hernán Cortés. Empezó mucho antes, con los pueblos que construyeron Teotihuacán, Monte Albán, Palenque, Chichén Itzá, Tenochtitlán y cientos de centros ceremoniales y culturales que hoy siguen asombrando al mundo.
Durante demasiado tiempo, el racismo estructural intentó convertir lo indígena en motivo de discriminación. Se buscó arrancarle al pueblo mexicano el orgullo de sus raíces. Se nos enseñó a admirar al invasor y a mirar por encima del hombro a quienes preservaron la lengua, la cultura, la identidad y la memoria de esta nación.
Por eso las palabras de Sheinbaum tienen un peso histórico y político enorme.
La presidenta no sólo reivindicó el legado de los pueblos originarios; también recordó que gracias a la reforma constitucional de 2024, impulsada por la Cuarta Transformación, los pueblos indígenas fueron reconocidos por primera vez como sujetos de derecho público, con autonomía, reconocimiento sobre sus tierras, aguas y formas de organización.
Es decir: ya no serán vistos como piezas folclóricas para el discurso oficial ni como sectores olvidados a los que se les reparte caridad cada sexenio. Hoy, los pueblos indígenas son reconocidos como protagonistas de la vida pública nacional.
Además, Sheinbaum anunció que el segundo piso de la Cuarta Transformación buscará elevar a rango constitucional el Fondo de Aportaciones para la Infraestructura Social para Pueblos Indígenas y Afromexicanos, permitiendo que miles de comunidades decidan directamente en asamblea el destino de recursos para obras y proyectos.
No es únicamente presupuesto. Es devolver dignidad, voz y poder de decisión a quienes históricamente fueron marginados.
La presidenta lo definió con claridad: “Es el resarcimiento histórico: justicia social, justicia ambiental y justicia para los pueblos indígenas”.
Y quizá ahí está la parte más poderosa del mensaje.
Porque México jamás podrá reconciliarse consigo mismo mientras siga negando sus raíces indígenas. No habrá verdadera transformación nacional si continúa vivo el complejo colonial que durante siglos nos hizo creer que debíamos parecernos al extranjero para sentirnos modernos o civilizados.
La grandeza de México no viene de Europa. La grandeza de México nació aquí, en la sabiduría ancestral de sus pueblos, en sus lenguas, en su cosmovisión, en su resistencia y en la memoria de quienes jamás dejaron morir esta tierra.
Hoy, millones de mexicanos comienzan a recuperar ese orgullo que por generaciones intentaron arrebatarles.
Y eso también es una forma de independencia.


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