
Como Eva en la inocencia

Una señora muy hermosa. Joven señora, elegante. Se nota su buena cuna. Afectada de sus facultades mentales, camina las calles cantando ópera con una hermosa voz. Sus ojos, vacíos de razón, viajan a lejanos mundos a través de su preciosa tesitura de soprano. Se baña en las fuentes públicas como Eva en la inocencia y paraíso. Es una mujer de niñez eterna, pura y salva de los pecados. Algún familiar la devuelve a su monasterio de locuras, tras los muros de la casa familiar.
Es una mujer treintona, de rubios y desaliñados cabellos rubios. De pordiosera apariencia infantil. Camina hablando sola por las calles, ante la impasividad de la gente y los muros de cantera, enfrascada en monólogos consigo misma. Responde a las voces que escucha. Platica con ellas, se pelea con las voces de su mente. Llora sin motivo. Ríe a carcajadas.
Esculca los botes de basura, escogiendo los manjares de basura que serán su alimento. Carga multitud de bolsas, refugio de sus tesoros y recuerdos, si todavía los recuerda. Son su vida, pasada y presente. Para ella el futuro hace tiempo que murió en la luz de sus miradas.
Su mayor tesoro es una arrugada libreta, donde escribe y reescribe con hermosa caligrafía. Hojas repletas de palabras, de tullidas frases que nunca muestra. Sólo Dios y ella son testigos de los dramas que narra. Escribe quizás a un viejo amor, quizás a la mujer que fue. Quizás a su abandono y a la niña que es.
¿Cuál sería la tragedia que la convirtió en un ser huérfano de razón y esperanza? Tres perros callejeros son su guardia pretoriana, la cuidan y protegen, quizá su única familia. Quizá los únicos seres que la comprenden y aman. /ESPACIO LIBRE
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