Villa no se toca

Gobernador de Durango quiere llevarse a su tierra natal monumento de Francisco Villa
Nacional13/03/2026Espacio Libre MéxicoEspacio Libre México

El gobernador de Durango, Esteban Villegas Villarreal, ignorante consumado, falto de cultura - porro en su etapa estudiantil en la Universidad Juárez-, desconocedor de la historia, de lenguaje vulgar -quien les dijo a los morenistas que se la ….elaron en las elecciones del año pasado- y se autonombra “patrón” -como un vil clasista-, ahora pretende llevarse a su municipio natal un monumento que es ícono de la ciudad capital: el monumento ecuestre a Francisco Villa.

Pretexta que el monumento estará en la tierra donde nació Villa y que en la capital erigirá otro más grande, “gigante”, dice, con una expresión de faraonismo ignorante porque el valor de una pieza no está en su dimensión sino en su contenido, en su contexto, en su representación.

El monumento a Francisco Villa que pretende trasladar el mandatario fue obra del notable escultor Francisco Montoya de la Cruz y fue inaugurado en el año de 1976, colocado en lo que entonces era el acceso principal a la capital, la convergencia de las carreteras a México y a Torreo, en la glorieta Francisco Villa.

Fue un ícono en ese sitio hasta que fue reacomodado hacia una lateral, arrinconado, para dar espacio a un proyecto vial que se denominó flujo continuo.

Esta acción que pretende Esteban Villegas desató el descontento ciudadano, los duranguenses le piden que se ponga a trabajar en virtud de que su administración ha sido de nulos resultados y nula obra pública.

Hay políticos que gobiernan mal. Hay otros que además gobiernan con una mezcla peligrosa de ignorancia, vanidad y capricho. Y luego está Esteban Villegas, que parece empeñado en pasar a la historia no por engrandecer a Durango, sino por intentar mutilar su memoria colectiva para satisfacer una obsesión personal disfrazada de decisión oficial.

La intención de mover el monumento ecuestre a Francisco Villa de la ciudad de Durango a San Juan del Río no es una política cultural. No es una reivindicación histórica. No es un acto de justicia regional. Es un abuso político vulgar. Un capricho con cargo al patrimonio de todos. Una ocurrencia autoritaria que solo puede explicarse desde la pequeñez de quien cree que gobernar consiste en apropiarse de los símbolos públicos para decorar su terruño.

Porque eso es exactamente lo que parece estar pasando: Esteban Villegas quiere arrancarle a la capital un emblema histórico para llevárselo al municipio del que él mismo es originario, como si el estado fuera su rancho y los monumentos fueran adornos intercambiables de su oficina personal.

Así de grotesco.

Moverla no sería “reubicarla”.
Sería descontextualizarla.
Despojarla.
Vaciarla.
Profanarla políticamente.

Y aquí conviene decirlo sin rodeos: el argumento de que Francisco Villa nació en San Juan del Río es apenas el pretexto perfecto para una arbitrariedad. Porque una obra pública de esta naturaleza no se define solo por el dato biográfico del personaje representado. Se define por el contexto histórico y cultural para el que fue concebida. El monumento no fue hecho como placa turística del lugar de nacimiento de Villa. Fue pensado como símbolo del papel de Durango en la Revolución y como parte del relato histórico que la capital construyó alrededor de esa memoria.

Pero para entender eso se necesita sensibilidad histórica. Y todo indica que en este caso lo que sobra es soberbia y lo que falta es inteligencia cultural.

El problema de fondo no es solo el monumento. El problema es la mentalidad con la que se gobierna. Esa lógica vieja, patrimonialista, aldeana, que supone que el poder da derecho a repartir símbolos, reacomodar la historia y meterle mano al patrimonio común como si fuera utilería del régimen.

Hoy es la estatua de Villa.
Mañana, con esa misma lógica, podrían mover cualquier símbolo, alterar cualquier espacio y justificar cualquier atropello con un boletín hueco y un acto protocolario.

Por eso la indignación social no es exagerada. Es la reacción natural de una sociedad que ve cómo su gobierno intenta convertir un bien cultural en souvenir político de sexenio. En redes, en círculos culturales y entre ciudadanos de a pie, la respuesta ha sido clara: hay enojo, hay rechazo y hay una sensación cada vez más extendida de que Esteban Villegas no entiende —o no le importa— el valor histórico de lo que está tocando.

Y cuando a eso se suma la postura de la familia de Francisco Montoya, el escándalo adquiere todavía más gravedad. Los herederos del escultor han recordado algo elemental que el gobierno parece ignorar deliberadamente: esta pieza posee un valor artístico, cultural y colectivo que va mucho más allá de lo material. Fue una obra nacida en un momento importante para la formación artística del estado, incluso con participación de estudiantes. Es patrimonio vivo, no chatarra administrativa.

Pero claro, para un gobierno que actúa con lógica de capricho, todo eso estorba. La memoria estorba. El contexto estorba. La opinión pública estorba. Los especialistas estorban. La familia del autor estorba. Todo estorba cuando lo único que se busca es consumar una necedad.

Y como si el agravio simbólico no bastara, está además el riesgo físico. Estamos hablando de una escultura de aproximadamente seis toneladas. Su desmontaje y traslado no son una maniobra simple ni inocua. Requieren precisión técnica, cuidados extremos y una responsabilidad que este gobierno no ha demostrado merecer. Un error podría dañar de manera irreversible una obra histórica que pertenece al patrimonio artístico de Durango.

Es decir: no solo quieren arrancarla de su contexto. También están dispuestos a ponerla en peligro por una decisión que ni es urgente, ni necesaria, ni está justificada.

Eso ya no es solo torpeza.
Eso raya en la irresponsabilidad brutal.

A estas alturas, la pregunta ya no es por qué quieren mover el monumento. La pregunta es por qué Esteban Villegas insiste en actuar como si Durango no tuviera memoria, como si la ciudadanía no pensara, como si el patrimonio cultural fuera una propiedad que puede repartir a conveniencia.

La respuesta quizá sea incómoda, pero evidente: porque representa una forma de ejercer el poder basada en el capricho personal, en el desprecio por lo colectivo y en la arrogancia del político que cree que su voluntad está por encima de la historia.

Y eso, en cualquier democracia seria, tendría que ser motivo de escándalo.

Durango no necesita un gobernador que juegue a secuestrar símbolos. No necesita un mandatario que confunda homenaje con saqueo cultural. No necesita a alguien que intente dejar huella arrancando piezas de la memoria pública para llevárselas de regalo a su municipio.

Si de verdad quisiera honrar a San Juan del Río, que construya algo propio.
Que impulse obras.
Que convoque artistas.
Que invierta en cultura.
Que genere patrimonio.

Que se ponga a trabajar.

Lo que no tiene derecho a hacer es desmantelar el patrimonio de la capital para fabricar una medalla política con recursos y símbolos que no le pertenecen.

Porque seamos claros:
esto no es amor por la historia; es uso faccioso de la historia.
No es orgullo regional; es mezquindad regionalista.
No es visión cultural; es ignorancia con poder.

Y cuando la ignorancia gobierna, la memoria termina bajo ataque.

Esteban Villegas no está proponiendo mover una estatua.
Está intentando consumar un despojo simbólico contra Durango.

Y si los duranguenses lo permiten, mañana cualquier capricho podrá presentarse como política pública.

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